* Fragmento. Revista ¿Cómo ves? Nº 72
Era verano y el calor de Acapulco les resultaba agobiante a los vacacionistas de todas partes, pero a Juan Carlos no le molestaba pues había esperado todo el año esas vacaciones para meterse al mar. Llegó el medio día y antes de desempacar y hacer otra cosa, se puso el traje de baño y corrió a la playa. Al pisar la arena sintió que le quemaban las plantas de los pies. Corrió entonces a la orilla del mar y al meter los pies en el agua, tuvo una sensación reconfortante y agradable: estaba fresca. Después de nadar largo rato, brincar las olas y flotar plácidamente, se preguntó porque la arena estaba más caliente que el agua, sí a las dos les daba la misma cantidad de sol.
Carlos salió del mar para descansar y después de ver la espléndida puesta de sol, regresó a la playa para volver a nadar. Esta vez las sensaciones se invirtieron: la arena ya se había enfriado y el agua aún se sentía tibia.
Si Juan Carlos hubiera tenido a la mano un termómetro y hubiera medido la temperatura de la arena y el agua a medio día, se habría dado cuenta de que la primera tenía una temperatura cercana a los 50°c y la segunda entre 20 y 25 °C en cambio al anochecer habría medido una temperatura de 20°c en la arena y una de 24 °C en el agua, pues el agua suele conservar durante más tiempo el calor acumulado en el día. Después de pensarlo un rato, llegó a la conclusión de que el agua se calienta más lentamente que otras sustancias y que también se enfría más lentamente. ¿Pero qué es lo que la hace distinta?.
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